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Reflexiones previas a la sentencia de Ríos Montt

Reflexiones de un amigo en la sala de vista de la Corte Suprema de Justicia el día 9 de mayo del 2013 escuchando las conclusiones finales del abogado Edgar Pérez en el caso contra el alto mando militar por genocidio y delito contra los deberes de humanidad.

 

Foto: Sandra Sebastián / Plaza Pública

 

 

Guatemala, jueves 9 de mayo; sala de vistas de la CSJ a las 9:05 horas a.m.:

 

Hoy es el día 27 del debate. Edgar, el abogado de la querellante AJR, está presentando sus conclusiones; tiene 42 años y acompaña a las víctimas del conflicto armado interno desde su graduación en 1997; las asesora y las orienta  en su búsqueda de justicia; 15 años caminamos ya juntos en eso. Hoy nos encontramos a pocas horas de la sentencia de un juicio en cuyos inicios nos conocimos en 1998. Edgar concluye en este momento respecto a los resultados de este debate y repasa las pruebas recibidas en casi dos meses; su voz en este momento es la voz de muchas víctimas, víctimas no solo del pueblo Maya Ixil.

 

Tiene dolor de garganta y gripe, igual que yo. En nuestras caras se percibe el estrés de los últimos meses y semanas. Hace dos horas, a las 7:00 de la mañana, todavía en el búnker del MP de Gerona, intercambiamos algunas reflexiones respecto a estos días del debate; coincidimos que el mayor daño causado por la defensa de los dos generales acusados probablemente es el hecho que intentaron convertir el juicio en un mero circo. Una y otra vez lo llamaron circo como si la repetición lo volviera realidad; García Gudiel, el defensor que entró en el último momento para el trabajo sucio, se ganó su dinero con frases obscenas y cínicas. Coincidimos en la mañana que no vivimos un debate de altura en el cual compiten palabras y conceptos de las dos partes, discutiendo, tal vez peleando; expresando hasta emociones con elementos ideológicos, pero siempre aceptando un procedimiento que pretende allanar el camino para que un tribunal respetado pueda llegar a sus conclusiones y con eso a una sentencia. Esta defensa – y eso es un hecho innegable – solo estaba interesada en evitar o retrasar el juicio, hasta en sus últimos minutos. No me es fácil escribir eso, porque muchos años fui defensor con todo mi corazón e identificado con esta noble profesión; pero lo que vimos en los últimos días me parece indigno de una defensa profesional. Pocas veces presentaron argumentos técnicos. Cada día bajaron más el nivel, unos más que otros, pero era la línea donde obviamente coincidieron todos. Echaron lodo y emplearon trampas para que el tribunal se enredara en ellas, movieron jueces accesibles y/o corruptos y describieron las víctimas como personas llenas de odio. Cualquier sistema más fuerte y más convencido de su función de impartir justicia hubiera puesto límites; hubiera frenado estos intentos con dignidad y con firmeza.
Este tribunal, compuesto de tres jueces valientes, ni siquiera pudo evitar que García Gudiel en pleno juicio les dijera: “Ustedes son delincuentes”. El tribunal en este momento tuvo que temer que las instancias superiores, que no los respaldaron en estos días del debate, de nuevo los abandonaran en caso que ejercieran su autoridad de disciplina en el juicio.

 

“El instrumento central para exterminar a los Ixiles era el concepto del enemigo interno. Los caracterizaron en un 100% como base de la guerrilla,” dice Edgar en este momento. Este análisis de la inteligencia militar condenó a muchos a la muerte. Edgar ya habló de las víctimas que declararon en el juicio y en este instante toca los planes militares Sofía, Victoria 82, Firmeza 83. Habla de las FIL, de las COCL, organizaciones políticas construidas por la subversión pero que nunca tuvieron armas y que sencillamente simpatizaron con la insurgencia. Habla del anhelo del pueblo Ixil para que este país tan sufrido cambiara, lo que hizo que se les percibiera a todos como enemigos.

 

Edgar intenta convencer como lo ha hecho tantas veces en otros juicios. Nos hace ver los elementos humanos de esta tragedia, los de los dos lados. Frente a mi ojo interno desfilan las víctimas de la masacre de Río Negro quienes en 1998 lograron abrir la primera grieta en el muro de impunidad con la primera sentencia condenatoria de una masacre, aquel muro que en ese momento nos pareció casi invencible. Me recuerdo de las tantas reuniones alrededor de una sola mesa con las víctimas y los victimarios de las PAC de la comunidad vecina Xococ, quienes participaron en la masacre de Río Negro bajo dirección del ejército. También eran campesinos pobres, utilizados, manipulados y engañados por 500 años. Pero el racismo vivido, la discriminación y la marginación no los volvieron resistentes contra la manipulación, ni contra la fuerza impuesta por parte del ejército, ni  resistente contra la crueldad que posteriormente emplearon contra sus vecinos. Para nosotros fue una experiencia clave poder trabajar con ellos, incluyendo las reuniones con los victimarios: el día del golpe que llevó al poder a Ríos Montt mataron a 163 mujeres y niños. Ellos finalmente son víctimas también, aunque con mucha sangre en sus manos.

 

Me viene el recuerdo de la declaración de un soldado Kaibil que recibimos en 1997 cuando estuve trabajando todavía en el REMHI; él había participado en la masacre de “Las RR´s” en el Petén: “Ellos mataron con mis propias manos,” con estas palabras empezó su declaración, con estas palabras asumió responsabilidad y con ellas intentó delegarla a la vez. Un mecanismo de sobrevivencia humana, pero posteriormente declaró en varios juicios y contó lo sucedido. Con cada una de estas declaraciones asumió responsabilidad frente a su pasado, frente a las víctimas, frente a su familia y también frente a la sociedad. Ríos Montt y Rodríguez Sánchez, según sus propias declaraciones en el proceso, sólo estaban sentados en sus escritorios y no tenían nada que ver con los supuestos excesos de sus subalternos. Va a ser muy interesante ver en los próximos meses cómo lo tomarán estos subalternos. El famoso honor militar parece prostituto. Pido perdón por usar esta alegoría. Pero, ¿qué palabras le quedan a uno para describir esta traición?

 

Edgar está hablando de las mismas Patrullas de Autodefensa Civil en las cuales fueron forzados a participar los sobrevivientes de las masacres en la zona Ixil; forzados a quemar las casas y cosechas de los que siguieron huyendo. Forzados y llevados a causarle daño a su propio pueblo. Eran víctimas que fueron obligados a participar en los crímenes. Eso divide profundamente y crea más víctimas, debilita un pueblo y su cultura y era parte de la estrategia, parte del plan. Pero las declaraciones en estos días ayudan a superar eso.
“Vi como tiraron 96 personas de un puente al río. A algunos los degollaron, otros cayeron macheteados; todos murieron. Tenía 12 años”. Este testimonio nos movió el piso a todos. Esta cita de Edgar que oigo en este momento me hace recordar el juicio en 1998 por la masacre de Río Negro. Me vuelven a afligir los sentimientos de impotencia de las víctimas después de escuchar aquel día las conclusiones degradantes del defensor que se burló de ellos: “¿Por qué no vinieron los hombres a declarar? Sólo mujeres veo y los que eran niños durante los hechos.” Todos los que estuvimos en este momento en la sala del tribunal de sentencia de Salamá, incluyendo a otro defensor, sabíamos que a los hombres adultos ya los habían asesinado un mes antes de la masacre. Obligados a escuchar estas palabras cínicas, los sobrevivientes se sentían más impotentes todavía y en algunas víctimas surgieron sentimientos violentos contra el tribunal por permitir estas palabras pero después de un momento de crisis decidieron depositar de nuevo confianza en el sistema y la sentencia horas después les dio la razón. El aprendizaje que saqué de esta experiencia es el reto enorme de confiar en un sistema que siempre ha estado en contra de uno.

 

“Lo que vivieron las víctimas en Guatemala no era un combate entre iguales. Lo que ellos vivieron fue un baño de sangre causado por sus propios  soldados; causado  con tanta crueldad que hasta hoy nos es imposible imaginar que humanos pueden hacer eso”, dice Edgar. “Un soldado arrancó el corazón a mi hija. ¿Qué delito puede haber cometido ella con 8 años que la trataran así?”, preguntó un padre al tribunal.

 

Don Tiburcio dijo durante el juicio: “Cuando vinieron los militares, nos fuimos corriendo. Pero hubo una mujer por allí, también iba corriendo y un soldado la alcanzó, le abrió la panza con el machete, le sacó el niño no nacido y lo golpeó contra una piedra.” “¿Qué había hecho este niño?”, pregunta Edgar. Hay cientos de estas narraciones. Edgar sigue: “No por gusto se habla de tierra arrasada. Quemaron todo, las cosechas, los animales, las casas… frecuentemente con sus dueños adentro.” Y los que sobrevivieron o lograron esconderse antes de que los soldados vinieran, fueron perseguidos por años y ya no tenían qué comer ni qué vestir. Esa era la idea y eso era el plan. Nunca persiguieron los altos mandos estos “excesos”. Porque no lo eran.

 

En este momento me recuerdo del hijo de un amigo quien nos mandó un mensajito por teléfono en un momento crucial del proceso; lo vimos camino al juicio y estas líneas de un adolescente de 15 años nos regalaron nueva fuerza a los dos. Era el 19 de abril a las 7:30 de la mañana. El día anterior, la jueza Carol Patricia Flores había anulado todo lo actuado en este proceso desde noviembre del 2011, incluyendo los 21 días del debate, la apertura a juicio y hasta la orden de captura de Ríos Montt.  A pesar de eso el proceso siguió porque los tres jueces del tribunal de mayor riesgo “A” en el transcurso de la mañana del 19 de abril declararían esta decisión judicial “manifiestamente ilegal” y por tanto nula. Tal vez sintieron el mensaje del adolescente.

 

Los jueces están escuchando atentamente. No se pierden ni una palabra de Edgar. Mientras tanto, los defensores juegan con sus teléfonos; Rodríguez Sánchez, el ex-jefe de la inteligencia apunta algo en sus notas; el defensor García Gudiel observa el público. Ayer a esta hora todavía estaba vomitando palabras que parecían excrementos. Había gritado al tribunal: “No descansaré hasta que ustedes estén en la cárcel.” A él le tocará más tarde concluir; probablemente con un nuevo chorro de obscenidades provenientes de la boca de un supuesto profesional. Pero, momentos como él en que habla Edgar o estos momentos en que las víctimas narran su tragedia, le devuelven su dignidad a este proceso.

 

Ríos está observando con atención a Edgar, casi se podría hablar de una mirada pensativa, la baja ahora hacia el teléfono en sus manos. Tal vez le está entrando un mensaje de su hija Zury para animarlo; no es un momento fácil para él. Era omnipotente en su momento. Entre 82 y 83 era jefe de los tres poderes y todavía entre 2000 y 2004 era presidente del Congreso.

 

“Mucha gente murió de hambre, otros de susto”. Edgar está usando este concepto tan complejo proveniente de la cosmovisión maya que describe la reacción frente a la persecución permanente; a los bombardeos en la montaña y a la sobrevivencia desesperada en un mundo hostil. Por años refugiados en las montañas, escondidos entre los árboles o en agujeros cavados con sus propias manos, perseguidos, bombardeados y siempre con hambre. Nunca encontraron paz, vivieron de hierbas y raíces y siempre cuentan de la sal… la que sus cuerpos desnutridos extrañaron tanto. Muchos se quedaron en las montañas por años. Cuando se deshicieron sus vestidos los remendaron con plástico que encontraron en algún lado.

 

“Mañana celebramos el día de la madre”, dice Edgar y nos recuerda de otra testigo: “Nos persiguieron y nuestros niños no podían gritar, ni hacer ni un ruido. En caso contrario sabrían dónde estábamos y nos matarían.” Ella tuvo que tapar la boca de su bebé con un trapo. El bebé murió asfixiado para que los demás pudieran sobrevivir. No creo que esta mamá vuelva a celebrar el día de la madre.

 

Ahora menciona de nuevo a Don Tiburcio quien es un orador nato dentro de la tragedia. “Llegó un gran grupo de personas donde estábamos, en las montañas; lejos de todo y después de muchos días en que se arrastraron hasta aquí. Y el ejército los siguió persiguiendo, víctimas ya todas y desarmadas además.” Finalmente agarraron a Don Tiburcio, lo torturaron, lo humillaron; cuenta cómo lo tiraron de un helicóptero, también le pusieron una capucha bañada en gamezán con la que taparon su cabeza y mucho más. ¿Qué hicieron con los prisioneros, con la gente que capturaron? ¿Los entregaron a un juez competente? La experta Beatrice Manz los describió en el juicio, Edgar hace mención de ello en este momento, ella nos describió una población que vivía bajo la bota militar. Narró situaciones horribles y humillantes, algo que el testigo Kaltschmitt confirmó sin querer. El fue propuesto como testigo de la defensa para aclarar las cosas desde el punto de vista militar, compartió en tono de conversación que estas gentes eran guerrilleros que necesitaban ser controlados y combatidos.

 

Edgar cuenta de las violaciones sexuales y de nuestra intención que las mujeres declararan en privado frente al tribunal, sin público presente. Una nos había dicho en una reunión preparatoria: “Por favor no me hagan hablar en público. Si mi esposo se entera de eso, me va a pegar...” En esta noche no pude dormir; su sufrimiento hasta hoy me sacude durante las noches. El tribunal finalmente no otorgó este permiso y – a pesar de ello – las mujeres – con excepción de una – declararon todas; con la valentía que da el sufrimiento:

 

“Cuando violaron a mi mamá, me obligaron a verlo. Y después me lo hicieron a mi; tenía 12 años.” Me recuerdo de una mujer violada en otra masacre y otra región, quien nos contó cómo un comandante la había violado. Resultó, después de largas conversaciones, que ella no sabía con seguridad que era el comandante porque el cuarto del crimen estaba oscuro; pero sabía con seguridad de otras mujeres violadas por el mismo comandante; mujeres que no tenían el valor de declarar frente al público. Ella estaba dispuesta de darles su voz a estas mujeres. La verdad tiene muchas dimensiones.

 

¿Qué pasó en aquellos años en los destacamentos y zonas militares?   Julio, testigo que tenía 10 años en el momento de los hechos, vivía – secuestrado – meses en un destacamento y observó todo. Era de aquellos “indios” que llamaron “chocolates” en el Plan Sofía. Narró en el debate lo que tuvo que vivir; contó cómo decapitaron a una anciana maya-ixil, sólo para llevar su cabeza en un plato a la cocinera para asustarla. También contó de más de 100 niños que se llevaron los helicópteros militares. Sólo de muy pocos de ellos se supo posteriormente algo.

 

Este juicio, ensuciado por el lodo levantado por la defensa, representa la esperanza y luz para las víctimas, igual como otros  procesos lo hicieron anteriormente. Lo que pasa es que por primera vez la justica llega a los talones de las cabezas de esta barbarie y es por eso que le cuesta tanto al sistema de aguantar la presión de estos sectores de impunidad; le cuesta ponerse al lado de la verdad y al lado de este tribunal tan valiente. Lo que no ayuda en este sentido es que se trata de una acusación de genocidio; con ella entran dimensiones muy arraigadas, dimensiones de racismo, marginación y discriminación de más de 500 años.
“Es el primer genocidio que se tiene que justificar frente a un tribunal, pero no es el primero que se cometió en Guatemala”, dice Edgar en este momento.

 

¿Cuántos viajes en carro hemos hecho con Edgar al interior para trabajar con las víctimas, cuántas veces viajó solo, para ayudarles a mantener esta luz? Sufrió atentados, lo llamaron comunista y guerrillero. Ayer todavía me dijo Rodríguez Sánchez: “Hombre, tienes que conseguir más pisto,” porque parte de la suposición que yo, el blanco y canche, soy la cabeza de todo y quien consigue el pisto. Siguen pensando en los mismos patrones racistas y políticos. Nosotros somos los mismos enemigos de aquellos años, sólo que con nuevas caras. El odio en contra de los subversivos sigue intacto como hace 30 años; asumen que éstos, que no tienen nada que ver con nuestro trabajo profesional, siguen detrás de todo.   

 

Edgar vuelve a tocar el punto del enemigo interno.”¿A quién consideraron enemigo en este entonces? El pueblo Ixil.” En algún momento consideraron 50%, en otro momento 100% (Plan Sofía) de la población civil Ixil parte de la guerrilla. Era por eso que destruyeron todo. El experto para estadísticas, Patrick Boyle, nos hizo la cuenta que 5.5 % de la población fue asesinada; mínimamente 7 de 8 de estas víctimas eran Ixiles.   

 

”Mataron a los abuelos quienes después ya no pudieron entregar sus historias y recuerdos a sus nietos; la transmisión de la cultura se quedó truncada; mataron a los niños quienes son la semilla de todo, en cualquier cultura,” explicó otra perito al tribunal. “Papá, ¿por qué no tengo abuelitos?”, preguntó su hijo a un testigo y él tuvo que contarle a su hijo de las masacres de Chel, de Vitzavitz, del sufrimiento de tanta gente en las montañas, de la impotencia vivida y del hambre, del frío y del miedo permanente. Y también de los abuelitos que se quedaron en las montañas, muertos.

 

Rodríguez Sánchez parece sonreír, Ríos Montt también. Edgar ahora está hablando de los sanitarios de la Corte Suprema que, durante el debate, como por arte de magia estaban cerrados para los testigos Ixiles. “¡No te portés como indio!” ¿Quién no ha escuchada esta famosa y triste llamada a que los niños se porten bien? Ríos dejó sonreír; sabe que estos ejemplos pueden hacerle daño. Rodríguez sigue hojeando en sus notas. La sonrisa ya desapareció de su rostro.

 

“Si no controlo el ejército, ¿qué entonces hago aquí? Tenemos el poder de mando y estamos capaces de responder al enemigo.” Son palabras de Ríos Montt en una entrevista de junio en el año 82. Su entrevistadora de este entonces también estuvo algunos días en esta sala. Estas palabras asumen toda la responsabilidad, responsabilidad que hoy ya no quiere aceptar. “Sólo tuve tareas administrativas a mi cargo; pude ordenar la movilización general y firmar descensos y ascensos.” Contrario a lo que dice hoy conocía perfectamente la situación en el campo y la compartió en sus discursos dominicales, transmitidos por televisión y radio en cadena nacional cada semana. En ellos advirtió de la amenaza en Cotzal y Chajul, no lo puede negar: “La resistencia allí es integral y permanente,” dijo uno de estos domingos.  ¿Qué es si no el concepto del enemigo interno con la población civil como enemigo?

 

Ríos se acomoda en su silla, se apoya en el respaldo. No se pierde ni una palabra de Edgar. García Gudiel sigue traspasando el público con sus ojos, parece estar lejos de esta sala; de repente regresa y empieza a jugar con su reloj dorado. Seguramente es un reloj caro. Los primeros botones de su camisa están desabotonados, no se puso corbata; una cadena pesada, igual dorada, nos manda mensajes brillantes de sus preferencias. Rodríguez Sánchez sigue haciendo notas.

 

Manipularon el miedo que les inspiró la guerrilla; manipularon el miedo al otro, al indio rebelde. Edgar nos recuerda en este momento del armamento inmenso del que dispuso la fuerza de tarea Gumarcaj. Y con estas armas atacaron a su propio pueblo.

 

Los acusados y sus defensores alegan que no existe ni un documento que contiene la orden de genocidio contra el pueblo Maya Ixil. Es cierto. Esta orden tampoco la encontraron en Uganda o en Sebrenica. Por supuesto, no existe esta orden de forma escrita, pero sus reflejos aparecen en todos lados. Estos reflejos están en los testimonios, están en los planes militares y en los análisis de inteligencia. Se puede encontrar fácil si se quiere ver. 

 

Además sabían exactamente qué se puede hacer en una guerra y qué no. Por eso no dejaron entrar a la Cruz Roja Internacional. Según las convenciones de Ginebra la población civil dentro de cualquier guerra es intocable. Escucho a Edgar, preguntando directamente a Ríos Montt: “¿Puede ser objetivo militar  una persona que da a comer a un guerrillero? ¿Pueden ustedes matar a un niño cuyos padres son guerrilleros? ¿Murieron los Ixiles en combate? ¿Puede ser un simpatizante de la subversión objetivo militar? Edgar se tiene que contestar todas estas preguntas él mismo, y todas con un “NO”.

 

El perito Fredy Peccereli nos explicó que en una guerra convencional mueren 2 de 10 personas heridas, aquí eran 8 de 10. La matanza estaba dirigida. Eran personas mayores, niños, mujeres y siempre sin armas. ¿Como dijo el gran jurista argentino Zaffaroni en un seminario de la Universidad de las Abuelas de la Plaza de Mayo? Edgar lo había citado en sus alegatos iniciales: “Genocidio es una muerte anunciada.”

 

Ríos tiene los ojos cerrados. “Usted tenía el dominio de todo el actuar militar y político”, dice Edgar. “Usted nombró hasta los jueces y decretó las leyes. No hubo Congreso.” Ahora sí observa a Edgar; respira profundamente. Hay cosas que no se puede negar aunque quiera. “Usted tenía el control absoluto”. Ríos parece sonreír como si todavía le halagara escuchar eso. Ahora Rodríguez presta atención a lo que Edgar está desarrollando. García Gudiel ya se pasó a la segunda fila de los banquillos de la defensa. Ya no tiene nada que ver con todo eso. Otto Ramírez, de la defensa pública, quien se incorporó en los últimos días al juego indigno de la defensa, parece aburrido. Palomo, en su momento la cabeza de la defensa de Ríos, sigue hojeando el expediente y Rodríguez Sánchez continúa con sus apuntes; sigue recibiendo información; los reflejos de un ex-jefe de inteligencia parecen intactos.

 

“Fuerza sin justicia es tiranía, justicia sin fuerza no es justicia.” Edgar se dirige al tribunal. Cita a las víctimas que expresaron frente a este tribunal por qué declararon: para que todo eso no vuelva a pasar. Por eso demandan justicia. Me recuerdo de uno de ellos quien dijo: “Estoy aquí para saber si la justicia también existe para nosotros.”

 

Lo vamos a saber pronto, por lo menos si no logran parar el tribunal antes de emitir sentencia. Lo siguen intentando. Ríos Montt apunta lo que Edgar solicita: “Condena por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad”. Ahora deja de apuntar. Detrás de mí en la segunda fila hay algunas mujeres de la zona Ixil, con estos huipiles y cortes preciosos que parecen dar testimonio de la vida. Una de ellas solloza. Y Edgar cita todavía un último testigo: “Nos percibieron como si fuéramos salvajes, como si no tuviéramos sentimientos; como si no fuéramos iguales.”

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